14 de abril de 2016

Gallud Jardiel, Enrique: Enrique Jardiel Poncela: la ajetreada vida de un maestro del humor (II de II)

   
                Del periodismo y la novela Jardiel pasó al teatro que fue su gran pasión y donde obtuvo éxitos notabilísimos y fracasos clamorosos. Su estilo teatral alcanzó el otro lado del charco donde llegó a marchar con su propia empresa teatral para representar sus obras. También alcanzó la misma orilla más al norte y se marchó a escribir guiones a Hollywood donde estuvo en dos oportunidades y donde aprendió de los medios cinematográficos, que él aplicó al teatro. De hecho, los rasgos del mismo, como nueva estética, el llamado jardielismo, quedó caracterizado por tener “un humor violento y cuyos rasgos más destacados son la inverosimilitud, la exageración y la incongruencia, combinadas con nuevas técnicas cinematográficas”.
           Trabajador infatigable…, por norma en los cafés, donde solía instalarse para escribir, pues decía necesitar ese ambiente para crear, no es desdeñable en absoluto la raya última que podemos echar a su creación: “ochenta y nueve obras teatrales, nueve novelas largas, veintinueve novelas cortas, ocho libros de temas varios, veintitrés conferencias pronunciadas, diecinueve ensayos, veinticuatro guiones de películas, más de un millar de artículos periodísticos e incontables escritos diversos de toda índole”.
           Su relación con la crítica no fue buena de continuo. Más bien tuvo Jardiel que lidiar con ella. Tenía la impresión de los críticos no eran buena tropa, pues veía en sus críticas ciertos rasgos torticeros, desconocimiento de la creación -él los consideraba creadores frustrados en muchos casos-, algunos de ellos untados por los autores, cosa que nunca hizo Jardiel, para lograr críticas positivas y hechas a la medida. Jardiel no tuvo empacho en arremeter contra la cerril ignorancia y malicia de muchos críticos y no siempre salió bien parado. Si la crítica le dio la espalda no hizo eso, en general, el público que acogía a su persona y a su obra con aceptación y aplausos. No faltaron en sus representaciones pataleos y abucheos, algunos de ellos pagados por la competencia: él sabía de dónde venían los ataques. No fue autor de exquisiteces ni se dirigió a minoría alguna y siempre pretendió divertirse con lo que escribía y divertir al público con lo que era sin duda, para él, su gran necesidad: escribir. Casi desde niño escribió y las cuartillas emborronadas con más o menos acierto le servían de terapia y, mal que bien, le daban de comer. No entiendo del todo, ni se explica en esta biografía, cómo siendo autor de tanto éxito, y que debió de ganar mucho dinero -el teatro lo daba-, casi siempre iba alcanzado y corto dinero (se dice que fue jugador de azar en casinos…, ¿fue acaso esa la cloaca que dio al traste con sus dineros?).
               Me resulta también curioso que no siendo un hombre de aspecto agraciado fuera tan de continuo visitado por desventurados amores cargados de desengaños. Cierto que no fue un hombre fiel. No he echado las cuentas de cuántos hijos, entre conocidos y desconocidos, entre reconocidos y no reconocidos, tuvo…, pero el hombre se ve que se aplicaba con fortuna inicial en sus galanterías y flechazos, aunque por norma sus conquistas desembocaban en fiascos. Algunos de ellos, como el que tuvo con Carmina, una actriz, fue profundamente apasionado; ella rompió su amor y destrozó al mismo Jardiel estando en América… Carmina lo dejó por un boxeador, lo que le produjo una larga y dolorosa depresión. Sin duda su gran amor, su amante “de plantilla” fue Carmencita quien lo acompañó durante gran parte de su vida, fiel, sumisa, madre de algunos de sus hijos, y a quien propuso in articulo mortis el matrimonio, recibiendo por respuesta, según su nieto, que se “largara a hacer gárgaras”.
               Tengo la impresión de que su nieto se ha visto en la necesidad, sepa Dios por qué, si es cierta mi impresión de justificar a su abuelo en lo político y en lo religioso. Censurado por las izquierdas por ser de derechas y por estas por ser de aquellas, suele ser pago en esta moneda corriente cuando uno no cae en el gregarismo y no se cobija bajo una bandera reconocible. De igual modo, siempre fue creyente en un Dios a su manera, pero no fue hombre religioso…
               Me ha resultado simpática su afición a los coches… o mejor dicho al coche, pues siendo siempre el mismo modelo tuvo varios: infiel con las mujeres, siempre fue fiel al Ford V-8, como también fue impecablemente fiel a los perros a los que adoraba, muy particularmente a Bobby, quien no pudo soportar la ausencia de su amo… y murió quince días después que él (decía un buen amigo mío que quien ama a los animales… no puede ser malo, pues animales, al fin y al cabo, somos los hombres).
               Un cáncer de laringe sin solución que se le detectó en el año 45 dio con él en la tumba. Jardiel murió en febrero de 1950, saliendo de su casa, como tantos y tantos muertos…, en hombros.

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