2 de septiembre de 2017

Dalrymple, Theodore: SENTIMENTALISMO TÓXICO (II de II).


     El daño que ha hecho este sentimentalismo es semejante al que podría producirse en un servicio de urgencias de un hospital donde celadores, enfermeros y médicos se lamentaran junto al paciente de lo que este se duele, padece, etc. mientras se desangra, permanece con la pierna rota o las tripas fuera. El cirujano no podrá nunca sumarse a las plañideras mientras saja para operar una apendicitis… Si se suma al coro de llorones, mejor es que se dedique a la venta ambulante de flores de plástico lavables.

      Quien practica el sentimentalismo tóxico es persona de condiciones ya descritas que, además, como dicho queda arriba, muestra al mundo lo muchísimo que se compadece, que sufre, que lamenta la situación propia o del otro… Un otro a veces tan lejano, tan extraño, que resulta ridículo. Todo esto, obviamente, no es nuevo, pero sí es cierto que tiene visos de pandemia con la llamada modernidad y sus modos soft, el egoísmo, el individualismo (me gustaría, si me da el espacio hablar un poquito de él) y por supuesto con los modos de manipulación de lo llamado políticamente correcto (creación de un miembro de la Escuela de Frankfurt, el marxista Max Horkheimer)…, pero, ya digo, nihil novum sub sole… La preocupación por África, por ejemplo, se ha convertido en el centro de atención del sentimentalismo relacionado con la pobreza en sentido lato. De esto hace ya años, pues Charles Dickens lo satirizó en Casa desolada, donde la señora Jellyby se preocupaba tanto por la educación de los nativos de Barioboola-Gha en la orilla izquierda del río Níger que descuidó por completo la de sus hijos. Y seguro que a usted le viene a la cabeza algún ejemplo cercano y conocido. A esto lo llamaba mi madre, que no se dedica a la Filosofía, “placer de puerta ajena”, es decir: personas que son amabilísimas, atentísimas, educadísimas con los más lejanos (de puertas afuera) y, sin embargo, en casa y con los suyos son unos tiranos, unos groseros, unos déspotas, etc. Mi madre no lo sabe, pero de esto ya habló, como de tanto, Tomás de Aquino, cuando decía que el amor, la caridad, para serlo verdaderamente, es necesario que sea ordenada… o no era caridad (de ahí que el amor a uno mismo sea tan importante, etc., pero esto…). ¡Cuánto se valora a quienes adoptan en su vida pública comportamientos impecables desde el punto de vista de lo políticamente correcto! Son personas que “se pre-ocupan”, sin que llegue a importar mucho el comportamiento en su vida privada y cotidiana y sin que realmente “se ocupen” de nada que no sea el exhibicionismo egotista: los demás, lo demás, no le importan (en realidad los otros son el infierno), ¿¡pero y lo bien que ellos se quedan y  lo tranquila  que se queda su conciencia!?

       Me centro en asunto de especial interés y afán en mi vida: la educación. Se pregunta el autor: ¿Cómo es posible que niños que viven bien, lo tienen todo, etc. padezcan tanta ansiedad y sean tan agresivos y violentos? La razón es el culto al sentimentalismo, nos dice. La educación romántica consiste en no educar, pues cada niño tiene “talentos naturales”, “dones naturales”, todos equiparables, afán por aprender, muchas capacidades -por supuesto, todas valiosas-… De ahí nace la idea de no contristar al niño, darle la razón y lo que desee, huir de lo arduo -la memorización y las rutinas que disciplinan- y esperar a que brote y mane el bien intrínseco del educando… Y así la enseñanza es carísima y pésima con el cuento de la pena. Y en esta línea tenemos a Pestalozzi -seguidor de Rousseau-, Dewey, Caldwell Cook, Froebel… todos ellos estudiados por mí en mi manual de historia de la Pedagogía, de cuyo autor y título me olvidé. Lo realmente valioso (?) es lo espontáneo en el niño y la validez de toda opinión como realidad admisible y respetable.

      Da datos que yo ignoraba absolutamente. Hacer actividades y no adquirir conocimientos ni fomentar la memorización son recomendaciones en Inglaterra del informe Spens en los informes ¡de 1931 y 1937! (en España lo situaba en la EGB y sus libros de fichas en los comienzos de los 70): “El plan de estudios de la escuela primaria debe contemplarse más en términos de actividad y experiencia que en los de la adquisición de conocimiento y memorización de hechos”. Se dice en el citado informe: “En la educación pensamos demasiado en términos de conocimientos y muy poco en términos de sentimiento y gusto”. El problema es que no se puede enseñar qué sean los sentimientos y el gusto sin unos conocimientos previos. Así tenemos niños hiperactivos dentro y fuera de las aulas que necesitan estar haciendo lo que sea, entretenidos, divertidos de continuo… ¡porque se aburren si no cambian de actividad! (cuando hay un tiempo muerto en una clase siempre hay algún niño que pregunta ansioso: “Maestro, ¿qué hacemos?”). Niños movidos por lo que les apetece o gusta, pero con escasas virtudes y nulo sometimiento a prácticas reiterativas necesarias para la adquisición de conocimientos y hábitos indispensables para aprender y convivir. Incluso los grandes pensadores a veces sucumben al sentimentalismo cuando se trata de los niños: cito aquí unos fragmentos de Pensamientos sobre la educación, de John Locke, escritos en 1690, que reconfortarán a los sentimentales:

... rara vez debemos obligar [a los niños] a hacer algo, incluso aquello hacia lo que pensamos que tienen inclinación, salvo cuando tengan la disposición y el ánimo de hacerla. Aquel a quien le gusta leer, escribir, la música, etc., a veces atraviesa momentos en los que estas cosas no le producen placer, y si se obliga a sí mismo a hacerlas, sólo sentirá desasosiego y agotamiento. Lo mismo pasa con los niños. Esos cambios de humor deben observarse con atención y los momentos favorables de aptitud e inclinación aprovecharse con diligencia. Y si no se producen con la frecuencia deseada, podría resultar muy útil hablar con ellos antes de encomendarles cualquier tarea.


       Y, por favor, no me digan que el sentido común es el menos común de los sentidos porque no es así. Eso es solo una frasecita hecha. Sin sentido común la humanidad no habría llegado hasta donde estamos, mejor que peor. Supongo que este se impondrá y el sentimentalismo volverá a sus fueros sin organizar escandaleras… Cierto que hay mucho daño hecho, pero… es lo que hay. Les recomiendo el libro, les ayudará a curarse bastante de este mal y a diagnosticarlo en su entorno.


29 de agosto de 2017

Dalrymple, Theodore: SENTIMENTALISMO TÓXICO (I de II)


      Antes de iniciarla lectura… me atrevo con la captatio benevolentiae y hago las siguientes cábalas.

       El sufijo -ismo nos conduce a significados varios dependiendo del lexema al que se aplique. En este caso, sentimental-ismo, nos lleva a una disposición o actitud de parte de quien lo practica, dado el caso: el ‘sentimiento’. A su vez, el sustantivo formado, sentimentalismo, matizado por el adjetivo, tóxico, nos da a entender que ese sentimentalismo es una actitud aciaga que solo traerá desgracias, pues el sentido de la primera acepción de ‘sentimiento’ queda distorsionado. En resumen, que el título del libro me parece excelente y presagia de suyo un amable rato de lectura a redropelo.

    Si los sentimientos son emociones racionalizadas, el sentimentalismo es la expresión de emociones sin juicio (sin razonamiento). Abandonarnos al sentimentalismo es un acto de dimisión humana inexcusable: es tanto como dejarse arrastrar por las emociones y, además, regodearse en ese acto, hacerlo público y justificarse. Si la razón y el juicio son lo más humano del hombre, renunciar a ello es, insisto, declinar del ser propiamente humano y quedar reducido a un bruto, a una bestia.

    El lector que se acerque a esta obra se encontrará con una redacción fresca y sencilla, cargada de anécdotas y casos que ejemplifican perfectamente lo que el autor argumenta. También hace el autor referencia a datos concretos de la actualidad… Dalrimple da puntual explicación de los procesos que producen el sentimentalismo. Y así, la calificación de cualquier hecho de racista, antifeminista, abuso de menores o mujeres, corrupción de niños, ser víctima de la Sociedad, de la policía, del pasado, de una infancia tortuosa, de unos padres malvados, de la droga, de la prostitución, etc. da un marchamo de excelente calidad en lo que se esté tratando. Con estos ingredientes, mejor varios que uno, ayudan a generar el sentimentalismo, aunque en ningún caso lo afirmado tenga base objetiva y evidencia observable: son sensaciones, impresiones, intuiciones que nos sirven un plato de sentimentalismo en la mesa. Así alguien puede decir que fue tratada de modo racista o machista: “Porque el racismo no es algo que usted pueda tocar con los dedos. El racismo se manifiesta de maneras muy sutiles. Es la manera en que se dirigen a ti… Es la actitud en general… Su forma de tratarme fue condescendiente y la impresión que dio fue ser racista” o “una persona está siendo acosada si cree que está siendo acosada”. Y con esto y un bizcocho… (perdonen que me cite: creo que en el fondo todo lo sucedido con Juana Rivas, que ha sido motivo de dos entradas en este blog, nace del sentimentalismo y las entradas de la lectura que estaba yo haciendo de esta obra).

      Me da la impresión, por lo que he leído, que la Victimología es la ciencia que estudia a quien ha hecho de su existencia y su obra un síndrome manifiesto y espectacular de la pena y la desgracia, llegando en algunos casos a un género propio que agrupa la prosa, la lírica y la dramática. La víctima de maltrato, por ejemplo, en realidad, muchas veces, es cómplice de su maltratador: esa persona no quiere leer los signos de violencia que ve en él, en muchos casos repetidos, reiterados, mostrados incluso por otros, denunciados por personas del entorno… y esa persona maltratada persiste en su actitud suicida de pensar que esa bestia cambiará… Luego se justifica a la asesinada por su generosidad, su amor, su grandeza, su enorme misericordia… ¿o era necedad, estulticia, imbecilidad y estupidez? Entiendo que esto no es aceptado socialmente, pero siempre se dijo que quien juega con fuego… termina quemándose: quien convive y acepta, por ejemplo, a un maltratador… ya sabe el riesgo que corre. Y alguien deberá decir que el rey está desnudo.


   El sentimentalismo tóxico es sinónimo de buenismo, de lo políticamente correcto, de aquel que en su viaje vital va con el lirio en la mano, quien derrocha necio ternurismo a troche y moche, quien vive en una adolescencia vergonzante y con un pavo sin tasa, quien lleva en la cartera un certificado de inmadurez de por vida, y creo que también entran en este grupo los cursis, los remilgados, los tocapelotas y vamos a dejarlo estar: entiendo que pueden ser modalidades y variantes con un mismo origen y con una etiología común.

26 de agosto de 2017

Señor presidente del Gobierno de España:

              Soy extranjero en su patria y he venido a reclamarle a la Justicia de su país lo que en justicia me corresponde, como así lo reconocen los tribunales de mi nación: todo ello sujeto al Derecho de mi país y al Derecho Internacional. Me he asesorado con abogados tanto de allá como de España y me dicen que estoy en mi derecho con respecto a lo que reclamo.

             Es cierto que como cualquiera he cometido muchos errores en muchos ámbitos de la vida, como persona humana que soy: quien esté libre de pecado, señor presidente, que tire la primera piedra; e incluso he tenido, más allá del común, algún tropiezo legal por razones que puedo demostrar que no fueron reales. Las relaciones entre quien era mi esposa y madre de mis dos hijos no funcionaron bien. Entiendo que esto no es novedad, por desgracia, y yo le puedo asegurar que intenté reestructurar mi familia. Quien fue mi esposa, por razones de la intimidad del matrimonio, como modo de castigo y ofensa, me impidió ver a mi hijo, alegando maltrato: bien sabe usted, señor presidente, que de esta arma se abusa en los países occidentales, pues si la mujer es lo débil y positivo, la parte que debe protegerse siempre, el hombre es lo brutal, lo diabólico y lo culpable… sin beneficio de duda, pero esto son otras historias. La única manera de recuperar la posibilidad de ver a mi hijo, en aquel entonces, fue aceptar que la acusación de mi exesposa era verdadera. Ignoro lo que se cuece en otras casas, pero mi experiencia personal me dice que, en toda convivencia, alguna vez, por razones mil, puede haber una palabra más alta que otra, un gesto de más o inculpaciones que nunca debieron hacerse, pues esas palabras, esos gestos y esas acusaciones solo buscan hacer daño al otro y nada solucionan. No puedo decir que no haya yo caído en esas debilidades, pero aseguro que nunca maltraté a mi quien fue mi esposa.

         Transcurrido el tiempo, hechas las paces entre ella y yo, volvimos a convivir e incluso tuvimos un nuevo hijo que vino a colmarnos de felicidad. Cierto que, si todo parecía ir bien, volvieron de nuevo a resurgir viejas discusiones, disputas, desacuerdos y decidimos separarnos como mal menor. Mi exesposa huyó con mis hijos de mi país, donde vivíamos, y se vino a España. Yo rehíce mi vida con una nueva pareja, que puede dar cuenta y razón de mí.  Reclamé a mi exesposa mis hijos, como dictaminó un Juzgado de mi nación, pero ella se negó rotundamente a obedecer ese dictamen. Durante todo el verano de este año 17, arropada por las gentes de su pueblo, por instituciones, para mí, interesadas en fomentar determinadas ideologías, por su familia y en parte por la tibieza de la Justicia de España y sus agentes policiales, señor Presidente, ella ha salido en todos los medios -como seguro usted mismo habrá visto- siempre llorando, implorando y al borde de un ataque de nervios, y diciendo lo que la Justicia y la jueza debían hacer, no sin el asombro del sentido común de las personas de bien. La jueza del caso ordenó la comparecencia en el Juzgado de mi exesposa con nuestros hijos. Ella, que no hace más caso que a su bendita voluntad, se negó, pues la Justicia debe hacerse según su saber y entender. Y fue este el punto en que ella, insisto, con la complicidad de personas que han salido en los medios de comunicación, desapareció como por ensalmo con los niños.

          ¿Durante todo un mes, ¡casi un mes entero!, una mujer con dos niños pequeños no es encontrada por los agentes de su país… ¡me parece increíble!? Si no fuera porque políticamente es incorrecto le diría que no me extraña que una célula yihadista haya estado durante meses, y su cabecilla durante años, pululando por su país sin que nadie supiera nada del asesino formador de asesinos (ahora estamos todos dolidos, y ustedes los políticos se besan por lo bien que respondieron, pero se trataba de prevenir, que no de curar, señor Presidente); y con esto lo que ustedes llaman el caso “Marta del Castillo”, por ejemplo… Ustedes, muy españolazos, se jactan de sus fuerzas de seguridad, pero la velocidad se demuestra andando… ¿¡Un mes… huida una mujer y esas fuerzas de seguridad no la encuentran!? Señor presidente, denuncio negligencia, prevaricación, injusticia… ¡¡con mis hijos!! (dudo que hayan permitido hacer su trabajo a los agentes). ¿¡Con qué derecho esa mujer desobedece a la Justicia, incluido su tribunal Constitucional, que permanece impasible, mientras mis hijos se pasan un mes recibiendo el maltrato de las personas que les hayan rodeado, escondidos como delincuentes, ocultos, huidos de la Justicia… porque su mamá, que tanto los quiere, los somete a esa tortura? ¿Cómo se atreve quien fue mi suegro a alentar a su hija para que ni comparezca ni entregue a mis hijos y decir que la Justicia en mi país es “mafiosa”, cuando de momento lo que se demuestra es que su Justicia, la de mi exsuegro y la suya, señor presidente, NO FUNCIONA? ¿Realmente cree usted que esos catalanes que desafían a todos los españoles no harán lo que les brote, si una pobre mujer lo hace en las narices mismas de todos ustedes y además la alientan sus propias instituciones? ¿¡Qué hubiera ocurrido de haber sido yo el prófugo con mis hijos ocultos, si en vez de una mujer llorosa hubiera sido yo, aun con el amparo de la Justicia!? La Justicia será lenta -yo se lo aseguro porque lo he padecido-, será ciega, pero la suya, la de su país, señor presidente, es tonta, gilipollas como dicen en Granada, el pueblo de mi mujer… Sí, señor presidente: su Justicia es injusta y nula y gilipollas, por lenta, ineficaz, roma, incapaz e inepta como los políticos que debían articular los medios para que dejara de serlo…, incluido usted, señor presidente.

           Señor presidente, me voy decepcionado de su país, que usted califica de moderno, avanzado, puntero, progresista y no sé cuántos adjetivos más que no añaden nada al sustantivo nación…, por cierto, rota, desanimada, desorientada, engaña que tan dignamente usted preside.


           Francesco Arcuri, exmarido de Juana Rivas.


24 de agosto de 2017

Ya vale, coño, ya vale...

      He olvidado y no me viene bien mirarlo ahora: tengo que moverme de la máquina, rebuscar en los papeles de la biblioteca de casa… cuándo comencé a escribir artículos que se publicaban en la prensa ordinaria. Llegué a escribir cuatro columnas semanales en dos diarios. Entonces era joven y siempre me llamaban la atención los perros que ladraban junto al camino: los miraba con atención, los escuchaba, los intentaba convencer de que sus ladridos eran tan inútiles como buenos mis razonamientos y mis ideas… Hoy, con la edad que tengo, no me paro a mirar a los chuchos que ladran babosos y miserables, rufos repulsivos que ni saben ni quieren aprender, ni razonan ni quieren hacerlo: no intentes convencer a quien no se quiera convencer, pero… Y escribía Gidé: “Todo está dicho, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo, continuamente”, que es aproximadamente lo que decía el Principito de Saint-Exupéry: es tedioso repetir lo mismo a los mayores a quienes una y otra vez hay que repetir… ¡lo mismo!

    Dicho esto. Estoy hartico de oír tonterías y de leer necedades, que son las mismas tonterías, pero dicho de otro modo, pero así: ton-te-rí-as propias de tontos a algunos de los muchos que participan en las tertulias televisivas, radiofónicas, columnistas de periódicos, comentaristas anónimos que se suman a la barahúnda del huracán… y ya, repito, con la edad que tengo, esos huesos hay que echárselos a otros perros, porque este perraco viejo ya no está para chocheras de viejas que disecan al gato cuando se les muere… ¡por eso, por el gusto de mirarlo, y de mirarse, de hacerse un selfie de vez en cuando con él!

   Lo que nos faltaba para el duro es introducir lo políticamente correcto en la guerra. Es para, perdón, mear y no echar gota. Los malnacidos que nos quieren brear, nos quieren laminar y hacernos desaparecer… La guerra contra el terrorismo, contra el mal en sus mil formas y cabezas, no es un fervorín de señorita bien metida a catequista con las uñas pintadas, que dicen la mar de cosas dulces a los niños: caramelos, bombones, yemas de santa Úrsula… y delicias de clarisas… ¡que no, coño, que no! La guerra es la guerra y en la guerra, cuando se arma la de Dios es Cristo, se trata de batir al contrario sea como sea, porque al final, quien se queda de pie, sea como sea, es quien gana. La guerra siempre es un juego que suma cero donde alguien pierde: no hay otra. Repito: esto no es el juego de la señorita Pepis que tenía mi hermana para peinar a las muñecas. A quienes trafican con drogas no les importa nada la muerte de los niñatos que las consumen (que no son enfermos, dicho sea de paso, sino drogadictos, viciosos, etc., y escribe quien sabe), a los terroristas de la índole que sea, se les llama así te-rro-ris-tas porque su finalidad es causarnos terror a los demás, ponernos a sus pies, imponernos sus modos de vida, sus ideas, etc. y no son un grupete de profesionales de efectos especiales cuyo cometido es armar ruido y el follón en general, ¡cohetería de san José en Valencia!… ¡Que no, coño, que no! Cuando las hormigas se quieren merendar el jamón de mi cocina y la comida de mis perras les aplico una guerra sin aviso ni cuartel y entiendo que son o ellas o yo… En las guerras de Gila, los enemigos se llamaban, se decían las horas y dónde iban a atacar y todas esas mojigangas que nos hacían reír… ¡¡Que no!! Aquí y ahora, en las Ramblas, en Niza, en Cambrils… las bombas causan destrucción, dolor, sufrimiento, mutilaciones, sangre, horror… y los muertos lo son para siempre: y esos muertos tienen hijos, padres, hermanos, amigos…, conciudadanos.

  Pues aquí tenemos el debate que si la policía catalana, que si los guardias civiles o la policía nacional, que si el CNI… Dicen que a partir de los cuarenta se desconfía de las casualidades, yo no creí en ellas desde los doce… ¡lo aseguro! Un grupo de personas en un pueblo pequeño, de gente que vive el margen (la convivencia de moros, cristianos y judíos era una convivencia entre gente muy selecta, si no ¿a santo de qué hay barrios de moros, de cristianos y judíos dentro de las murallas de las ciudades viejas? Juntos, pero no revueltos, señorita. Y que corra el aire). ¿Nadie controla, nadie vigila, nadie sabe… nada? Se ocupa un chalé y los vecinos no llaman al vecino al que le han ocupado la casa o a los guardias… Cierto que el individualismo en que vivimos en brutal: las abuelas se momifican tras morir durante cuatro años y nadie las echa de menos en el bloque, ni en la calle, ni en la tiendecilla del barrio…

   Los niños de Ripoll no eran niños, ni jóvenes, sino unos asesinos. Los asesinos no tienen edad. Son lo que son por lo que hacen y dejan de hacer. La santidad -lea cualquier buen libro sobre un santo- no se improvisa. La crueldad, la maldad de un asesino de la índole de quienes estamos hablando no se repentiza: se necesita tiempo para incubar la maldad que anida en el corazón que, por supuesto, no ocupa Dios… Ni el imam rezaba, ni los otros, ni saben de Dios ni de oración ni de… eran malas personas, insisto: malas personas… Dios que es infinitamente misericordioso se apiadará de ellos -y espero que de mí-, pero si vienen a merendarse a quienes quiero, a mis compatriotas, a mis vecinos, a mi sociedad… que sepan, que si puedo, les haré como a las hormigas… Y lo políticamente correcto lo dejaré para los políticos cursis y cobardes que tenemos, para los periodistas de salón y los comentaristas de la inopia.


  Me duelen los hue… sos de tanta necedad... políticamente cobarde.

22 de agosto de 2017

HOLA, GRACIAS, POR FAVOR, ADIÓS… apunten… fuego.

         Para quienes me conozcan, afirmar que la mala educación me enfurece… no es novedad, es decir: entiendo por mala educación todos aquellos hechos de la convivencia cotidiana que, por acción u omisión, comportan una falta de respeto al otro. Y con lo de “me enfurece” -que creo que es la primera vez que he usado semejante palabro atribuido a mí- quiero decir que me pone de mala leche y, además, rara vez me callo o me inhibo -¡que tampoco está mal el verbito!-.
      

         La buena educación es un término más general que la correcta civilidad, que el civismo. Cuando éramos niños se nos enseñaba y corregía de continuo en casa, y en el cole se daban clases de urbanidad: eso ya no existe, y no existe porque nadie da lo que no tiene. Son innúmeros los progenitores que comen en la mesa, por ejemplo, como los cerdos en el muladar y no son pocos los profesores que ignoran y omiten, valga otro ejemplo, decir “Buenos días” a aquellos alumnos con quienes se cruzan y, por tanto, al cerdo, que como ellos come en el muladar, no le dicen ni “¡Qué malitos ojos tienes, mi alma!”.

        Detrás de todo detalle de civismo… Bueno... ¡un momento! Civitas-atis, en latín, resumiendo mucho, venía a significar ‘ciudad’, por lo tanto civismo viene a significar lo propio de quienes viven en la ciudad, lugar donde habitualmente viven las personas, etc. No nos perdamos. Volvemos al principio del párrafo: “Detrás de todo detalle de civismo…” hay un valor, eso que tanto se cita y rarísima vez se sabe qué es –“Educamos en valores”, “¡Ah, sí!, qué bien: ¿Y eso qué es?” y al preguntado se le queda la misma cara que se le quedó a aquel que le preguntaron qué es una nación-: n.p.i. Un valor es una cualidad propia del ser que lo hace preferible. INSISTO: todo detalle de civismo comporta el ejercicio de una elección que realza una realidad más valiosa que otra y así:

       a. Saludar con un “Buenos días” en un ascensor comporta reconocer a quien está en él como persona que nos puede, a su vez, corresponder y, además, estamos deseándole algo bueno, es decir: que tenga un día excelente…
         b. Entrar en el ascensor en silencio, como un mulo, es reducir a estado de cosa al otro o, todo lo más, decirle de forma tácita: “Los mulos no nos hablamos entre nosotros”.
          c. Si al abrirse las puertas del ascensor a quien lo ocupa le dijéramos “Me cago en tus muertos a caballo” comportaría, al menos, el reconocimiento como persona del otro a quien así es saludado, pues puede llegar a entender qué le digo ¡y lo ascendemos en la escala más allá del mulo y el extintor! (al que quedó reducido en el caso b.), aunque nuestros deseos evacuatorios, dicho así, no parece que sean amistosos, amigables, gratos…

        Desde hace ya años ha quedado fuera del trato ordinario los saludos: Hola, buenos días, buenas noches, adiós… Esperar que alguien pida algo Por favor es pedir chuletones de ternera al olmo. Tampoco esperamos un Gracias tras realizar nuestro servicio a alguien, pues hemos de entender que fuere lo que fuese ese alguien tenía DERECHO a que se le hiciera tal y, por tanto, el Gracias, sobra. Y así tenemos derecho a que el camarero nos sirva la leche: la eche en la lechera, la caliente, se desplace por la barra, llegue hasta nuestra taza y añada esa poquita leche caliente de más que le hemos pedido que nos ponga… “Por favor, ¿me puede añadir un poco más de leche caliente al café?”. De Por favor nada y de Gracias menos…

      Cuando solicito acceder a un espacio donde alguien trabaja, y tiene dominio sobre él, etc. y musito un ¿Se puede? Insisto: reconozco no ser el rey del Universo todo y que hay alguien con más poder que yo y a quien debo obedecer. Por lo tanto, siendo yo el rey… ¿por qué voy a preguntar esa necedad? Entro, no saludo y espero a ser atendido… ¡faltaría más, señorita!

      Si al pretender doblar la esquina en mi coche ¿a santo de qué debo informar yo a quien viene detrás o al posible peatón que espera a cruzar de lo que voy a hacer con el intermitente? El coche es mío, el intermitente es mío, voy donde quiera y no tengo por qué dar explicaciones a nadie y al que no le guste que espere a ver qué maniobra haré yo con mi coche y ya sabe: al que no le guste a Parla…

    Cuando empuño el tenedor y el cuchillo en una mesa de un restaurante o mastico con la boca abierta o me limpio los labios con la mano o dejo hecha un guiñapo la servilleta sucia una y otra vez sobre la mesa o… ¡Yo hago en mi mesa lo que me brota para eso pago yo! ¿Y si a usted le da asco ya sabe la que tiene? ¿Quién es usted…?, pero “¿¡Ha dicho usted!?”, nos podemos preguntar. ¿¡¡Pero por Dios bendito, quién habla ahora de usted a nadie!!!? En España tuteaban a todo quídam los Borbones que fueron muy dicharacheros -y por muestra ahí don Juan Carlos- y los falangistas, especie ya extinguida o en vías de extinción que sobreviven en algunos pequeños nichos ecológico-políticos con alta densidad de aire enrarecido. Ahora tuteamos a quien se nos cruce sin distinción de edad, categotía, color o calidad dental, ¡pues solo faltaría, de usted! (eso sí, al juez de señoría…).


                Si las personas no me importan, lo hasta aquí dicho no reza para mí y me vuelvo a la naturalidad y la esponteneidad de la selva. Si deseo un mundo más civilizado, más humano, mejor… puedo decirle a usted, por ejemplo: Vaya usted con Dios y hasta otro día. Muchas gracias por leerme.