15 de febrero de 2018

¡Del hembrismo, charlie, del hembrismo ese coñazo cutre!



Querido charlie:

Dos amigos de juventud se encuentran en Barajas…
— ¡Qué alegría, Pepe! ¿Dónde vas?
— Abandono España, me largo… -responde Pepe con cara de contrariedad profunda.
— ¡Coño! ¿Y eso?
— No puedo más… ¿Te acuerdas que en los años de la Facultad, a finales de los 60, a los maricones les pegaban en la Facultad, los detenía la social…? ¡Aquello era una putada…! ¿Y que a finales de los setenta ya se toleraban, no se les insultaba…? No estaba aceptado, pero… al paso que vamos, ¡y esto no me coge aquí!, ¡¡es lo que van a poner obligatorio!! 
               
Charlie, yo me voy con Pepe. Me consta que los mojigatos de lo políticamente correcto, los pacatos de nuevo cuño, dirán que mi chiste es impresentable. Muy bien: si me van a apuntar prefiero que lo hagan en la lista de Cervantes, Quevedo, Cela, etc. Porque ya me cogió la mili obligatoria quince meses. Me han cogido todos los cambios legales de la educación desde la Ley de Villar Palasí en el 70… hasta la LOMCE y lo dicho: esta riada no coge a este tío, me largo.

Además del lobby, o lo que sea, de los homosexuales, tampoco soporto ya el hembrismo avasallador que me tropiezo a cada paso, a diario, continuamente en España. Mire por donde se mire campa a sus anchas la grosería intelectual, la impertinencia lógica: la ordinaria necedad de esta tropilla es abrumadora. La actitud del hembrismo es de un hediondo egoísmo, que nace de una postura hostil contra el varón, mezclada con una ideología muy concreta: caduca e igualmente pestilente y tóxica. ¿Acaso todos los hombres somos unos asesinos potenciales de mujeres? ¡¡Pues para ellos lo parecemos!! Nosotros, nuestros hermanos, hijos, padres, amigos, vecinos… ¡Todos, por la condición de varones, somos potencialmente unos homófobos, maltratadores, torturadores, violadores, asesinos…!

Ojo: todo asesinato es brutal y despreciable sin discusión. Toda muerte violenta por accidente de automóvil, de trabajo, un crimen… es una pérdida humana irreparable… Pero…, ¿sabes cuántos muertos hubo por accidentes automovilísticos en España en 2017? 1.160 personas… Insisto: solo una muerte es una desgracia absolutamente irreparable y lamentabilísima…, pero déjeme que te diga, charlie, que te informe, permíteme, por favor: ¿sabes cuántos muertos por suicidio hubo en 2015 en España? Oficialmente se registraron 3.602 muertes por suicidio, 2.680 hombres y 922 mujeres, último año con datos del INE: escribo “oficialmente”. El año que más mujeres fueron asesinadas, por desgracia, en España por “violencia machista” fue el año 2008… ¡76 mujeres! El grado de evidencia de estos datos hablan de la descompensación con que se tratan unas realidades y otras y, tras todas ellas, una a una, hay personas. ¿A qué viene este revuelo y este griterío y esa chochera de “nos están matando”, como algunas necias gritan? ¿Qué hay tras este diluvio de dinero público para publicidad, artículos, publicaciones, asociaciones… hembristas? ¿Por qué no se para de hablar de este fementido feminista en las escuelas, con clara orientación ideológica y no se dice nada -¡absolutamente nada!- del suicidio, por ejemplo?
               
¿Han pensado en el sufrimiento de esas 3.602 personas que se suicidaron hasta llegar a la conclusión de que su vida no merecía la pena? Tres mil… seiscientas… dos personas… que no son la gente, ni ciudadanos, ni administrados, ni contribuyentes…, sino hijos, amigos, primos, vecinos…, posiblemente padres y hermanos, ¡¡personas!! que, abrumados por lo que quiera que sea, se quitaron la vida…

¡Qué me dices, charlie! ¿Estás seguro de que Irene Montero merece que le dediquemos tres renglones por decir una imbecilidad propia, en su caso, de su condición de tal y de su ignorancia supina? ¿Una pobre muchacha que tiene menos papeles que una liebre? No, señor, estas realidades vienen impuestas desde el hembrismo y, efectivamente, desde sus altoparlantes, sus compinches, sus cómplices, sus voceros, sus camaradas, sus palmeros, sus coros… y sus portavoces… ¡y mis declaraciones de la renta!



Coger el rábano por las hojas no es coger el rábano… A los maricones no se les encarcela ni se les fusila…, pero tampoco ellos deben imponernos a los demás pasar por su aro. Ni a las mujeres, ni a los niños, ni a los hombres… se les mata… “No matarás”, decía un mandamiento… Eso es: no matarás, pero tampoco me impondrá que aborte, ni me obligará a tener o no un empleo concreto y cómo vestir y qué horarios tener, ni cómo he de morir ni cuándo…
               
Que la hipérbole es un tropo y la mentira una tropelía: principio del mal… Miente, calumnia, murmura, “habla aunque no sepas”, difama, confunde, enreda…

Sin embargo, la realidad, tozuda, como la burra, una vez tras otra, vuelve al trigo, vuelve a buscar su thelos. La realidad, como el barranco reconducido, como el río desviado por la mano bastarda e interesada del hombre, explora una y otra vez hasta dar con el antiguo cauce… y de este hallazgo nace la riada extemporánea que asombra y mata a muchos, y que a los viejos y sabios les pinta una displicente sonrisa en la cara.


¿Sabes, charlie, que mueren en Europa 400.000 personas por la contaminación?... 

¡Qué cosas, charlie!

31 de enero de 2018

Tres tristes gatitos que también son tigres...

                ¡¡QUERIDO charlie…!!

¡Qué de tiempo sin escribirte, satélite! Si lo hago ahora no es porque haya novedades reseñables, sino una conjunción de realidades que me dan que pensar y que penar, que por todo se andorrea en esta vida.



Junto a varios comentarios de libros que saco de aquí y de allá, textos de libros distantes, de artículos distintos, de donde puedo. Antes, ¿recuerdas?, cualquier cita sabía de dónde la había sacado, de qué obra venía, dónde refrescarla, pero ahora, si no me voy al cajón donde se guarda todo aquello que me agrada -no aquello que brilla, que es despojo de urraca- no lo encontraría.

Leo y enlazo a sabiendas de que duo si idem dicunt, non est idem, pero igual… son primos. Mi amigo Epicteto -así lo escribe Hadot, y yo lo imito- afirma que no nos hacen sufrir las cosas, sino lo que pensamos de ellas, la impresión que nos producen, lo que viene a ser tanto como decían los fenomenólogos… No importan los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos… Se puede interpretar de muchos modos: todo es relativo al cristal con que se mira, ya ves, charlie, puro relativismo. Si te dan un estacazo en el alma, ¡que no digo en la cabeza!, lo que importa es cómo tú lo interpretas, cómo tú lo acoges… y no el estacazo en sí.



Hay autores, escritores, personas que están tras esos oficios, políticos, profesores, tenderos…, personas… que nos impresionan de un modo amable o detestable, de manera atractiva o repulsiva… En esto influye lo que nos cuentan de ellos, lo que nos dice la prensa, las críticas y por eso andaba don Miguel de Unamuno con aquello suyo de quién era él, si quien él creía ser, o quien los demás creían que era o quien Dios veía que… ¡ya sabes que la soberbia es muy enredosa, demoníaca y escandalosa! Lee este texto y me dices.

Donde la mujer suele estar, como en España […], en su puesto, es decir, en su casa, cerca del fogón y consagrada al cuidado de sus hijos, es ella la que casi siempre domina, hasta imprimir el sello de su voluntad a la sociedad entera. El verdadero problema es allí el de la emancipación de los varones, sometidos a un régimen maternal demasiado rígido. La mujer perfectamente abacia en la vida pública, es voz cantante y voto decisivo en todo lo demás. Si unas cuantas viragos del sufragismo, que no faltan en ningún país, consiguiesen en España de la frivolidad masculina la concesión del voto a la mujer, las mujeres propiamente dichas votarían contra el voto; quiero decir que enterrarían en las urnas el régimen político que, imprudentemente, les concedió un derecho a que ellas no aspiraban. Esto sería lo inmediato. Si, más tarde, observásemos que la mujer deseaba, en efecto intervenir en la vida política, y que pedía el voto, sabiendo lo que pedía, entonces podríamos asegurar que el matriarcado español comenzaba a perder su fuerza y que el varón tiraba de la mujer más que la mujer del varón. Esto sería entre nosotros profundamente revolucionario. Pero es peligro demasiado remoto para que pueda todavía preocuparnos.
Y del mismo autor:
Mi maestro, sin embargo, la hizo suya en su Política de Satanás, donde se leen estas palabras: «Conviene que la mujer permanezca abacia, carente de voz y voto en la vida pública no solo porque la política sea, como algunos pensamos, actividad esencialmente varonil, sino porque la influencia política de la mujer convertiría muy en breve el gobierno de los viejos, en el gobierno de las viejas, en el gobierno de las brujas. Y esto es lo que conviene evitar».
Pupila, charlie, que no te la cuele. Lee con atención lo escrito por el machista, fascista, homófobo, denunciable… porque el texto, admírate, es de nuestro don Antonio Machado…Si te hablo de nuestro Machado todo es miel sobre hojuelas… Todo te cae bien, nada de lo suyo te hace daño, innecesarios los antiácidos estomacales porque no hay reflujo ni pesadez, pero el texto… ¡que por supuesto es salvable por quien quiera salvarlo!, me temo que tiene poco por donde cogerlo, y menos aún por ciertos sectores sociales.

Otro texto para que te apliques… Hace unos días, los defensores de la homosexualidad militante, quienes desean imponerla como la “mili”, como medio democrático de uniformar y rozarse con todas las clases sociales, sexos, etc., andaban dando loas y parabienes por una escritora a quien pertenece el texto que a continuación se sigue:

En el camino de sirga encontramos una larga fila de imbéciles & tuvimos que pasar junto a ellos. El que iba en cabeza era un joven muy alto, lo bastante raro para mirado dos veces, pero nada más; el segundo arrastraba los pies & miró para otro lado; & luego uno se daba cuenta de que en esa larga fila todos eran criaturas idiotas, abatidas e inútiles que arrastraban los pies, y que ninguno tenía frente ni mentón & sí una sonrisa imbécil o una mirada suspicaz, como de loco. Era absolutamente horroroso. No hay duda que habría que matarlos.

Casi nada lo del ojo, que dirías tú… ¡y lo llevaba envuelto en un pañuelo!: “No hay duda que habría que matarlos”. Esto lo escribió una dulce y culta señorita, feminista, y delicada como una mariposilla del atardecer, amores libres y aristocráticos, y homosexuales, que se suicidó el 28 de marzo de 1940. Lo arriba reproducido lo escribió un 9 de enero de 1915. Su nombre Virginia Woolf…, la autora de Orlando, Al faro, Las olas, obras todas que hemos leído…



Te lo tengo repetido, charlie, la casualidad no existe. Cualquiera diría que el texto de arriba estaba escrito por el tío alemán del bigotín… Como el que sigue:

        Había que «introducir [la eugenesia] en la conciencia de las naciones como una nueva religión», y garantizar que «la humanidad esté representada por las razas más aptas. Lo que la naturaleza hace a ciegas, despacio y de un modo implacable, que el hombre lo haga con prudencia, deprisa y con bondad».

Este texto es de un pariente, sobrino creo, de Darwin, un aristócrata inglés llamado Francis Galton… ¡Ay, guacharro, que por el hilo sale el ovillo! Selecciona la Naturaleza a los mejores y nosotros, los mejores, le ayudamos seleccionando como Galton, como Virginia Woolf, y así, con bondad, eso sí: despachamos seis millones de judíos como quien hace una barbacoa. Y la llamada solución final para los judíos, el Holocausto, leo en otro texto (¡no dirás que no te doy noticias! ¡No te lo pierdas, charlie!) tiene su clave para comprenderlo “en la forma en que las diversas instituciones y los funcionarios del Tercer Reich interpretaron y pusieron en práctica los vagos designios de Hitler de «deshacerse de los judíos»”. Lo dicho que unos pasaban por allí, otro añadió la pólvora, el otro la mecha, la metralla no se sabe quién la puso y ahí tienes, ya ves: seis millones de judíos, ochocientos mil gitanos... ¡Pura casualidad, charlie!


Me enfada, charlie, no verme de cuerpo entero: mirarme solo lo bueno, exaltar parte y silenciar otra… Me cabrean las impertinencias intelectuales. No me importa pedir perdón, y de corazón lo hago, si me equivoqué, pero no me gusta que quienes pasan de  matute por intelectuales, por angelitos sociales, por gente de bien…, ¡cuando en absoluto lo son!, me quieran tomar la coleta. Una interpretación errónea de la antropología da lugar a estas casualidades que pasan facturas impagables, que hacen fracturas eternas… Me molestan quienes actúan por rencor contra la excelencia y quieren poner en no sé qué altares a quienes merecen un pasar… del montón, tirando a mediocre.

2 de enero de 2018

G.K. Chesterton: AUTOBIOGRAFÍA


Gozador y disfrutón, jovial y divertido… vitalista: esos creo que podrían ser adjetivos que califican la actitud de Chesterton hacia la vida en general y a su creación periodística y literaria en particular. Confiado desde niño en que todo le iría bien, sin ser un necio optimista, vivió para luchar divertido por las causas que le parecían justas, valiosas, no sé si a punto de perderse…, sin importarle la dimensión del conflicto o de la causa en sí o la magnitud de sus consecuencias. Confiesa haber tenido “una vida injustificadamente afortunada y feliz”. Recomiendo leer con atención el último capítulo por lo que tiene de más personal y sujeto a la “Verdad que también puede llamarse Realidad”.

Estudiante brillante al decir de todos, aunque con resultados equivocados… Se dedicó a estudiar pintura empujado y confundido por su padre, que veía en él al niño aburrido en clase que se dedica a decorar los márgenes de los libros con dibujitos, como hiciera nuestro Juan Ramón en su cole de los jesuitas en el Puerto. No, no era la pintura el camino de este escribidor insaciable, panfletista, poeta, polemista, conferenciante… que se chupaba los dedos por una antítesis o por una ironía, por un juego de palabras… Rebelde e inconformista por convicción, como el viejo Diógenes entraba al teatro de las ideas cuando todos salían… y siempre hallaba una fulgurante razón escondida en cualquier argumento que, con su lógica aplastante, dejaba boquiabiertos a sus adversarios ideológicos; mientras él, niño, gordo, grandón y juguetón se relamía jovial de su travesura. En sus inacabables disputas con Bernard Shaw, este solía decir que Chesterton, era un joven gigantón, tan grande que siempre quedaba la mitad de él fuera del campo de vista de su interlocutor.

Pasó por distintas posiciones políticas y lo reconoce sin rubor. Pasó, por pura lógica, según él,  de un ateísmo enteco a un catolicismo esponjoso, sin complejos y divertido como él, que defendió a capa y espada en una nación donde no era ni es fácil ser papista (su libro Ortodoxia da fe de ello). Cuenta, no sin cierta gracia, su etapa de relación tangencial con el espiritismo…

Lo cierto es que la autobiografía de este inglés excepcional es una especie de paseo en volandas por primavera, sin horas ni días ni fechas, donde de continuo se va a paso ligero por una prosa chispeante, con más que cierta gracia y certera intención. Su autor nos va contando lo que le apetece de las calles, callejuelas y avenidas de su vida… que paseamos, las plazas en las que se detiene, las estatuas de que comenta, los viandantes con quienes se cruza… y todo ello, ya digo, con una amable jovialidad que lleva zascandileando al lector que, divertido, se deja llevar… o cierra el libro porque eso es lo que hay. Rasgo inequívoco de su estilo personal y, por tanto, estético es escribir lo que piensa no solo sin complejo alguno, sino a pesar de estos y de no estar del todo seguro de llevar razón. Da la impresión de que muchas afirmaciones se dirigen a una autocomplaciente burguesía intelectual con la intención solo de incordiarla y hostigarla, para removerla de su poltronería. ¡Divertido!


Creo que carece de sentido comentar sobre qué comenta en concreto porque, insisto, no parece que haya un especial orden en el recorrido, aunque es cierto que comienza por su infancia y se colegio y sus colegas habla, de sus estudios, de sus amigos, de sus inicios periodísticos, algo de sus libros, de sus biografías, de su hermano Cecil, de las disputas y polémicas contra todo viviente parlante que pudiera tener alguna opinión a la que él poderse oponer… Algo, muy de pasada, de su esposa y sus amigos más cercanos, de los políticos que conoció y algo, unos párrafos no más, de algunos países por los que viajó… Sus posturas políticas… El último capítulo, de una contundencia de la que quizá los anteriores carecieron, nos habla de su conversión al catolicismo… En fin, un verdadero cajón desastre que, con perdón, me sigue recordando a la Automoribundia de Ramón trufada con sus obras El circo y El rastro. ¡Qué cosas, Amanda, de veras!

24 de diciembre de 2017

                      A quienes están en las listas de mis correos electrónicos.
                A quienes estáis en mi lista de whatsapp y de teléfono.
                A quienes estáis próximos en mi vida y a quienes lo estuvieron un día y ya están donde Dios ha dispuesto.
                                              
                A todos… a todo corazón: que la Sagrada Familia os dé cobijo.






De nada demasiado, de nada en exceso, decía algún avispado de Delfos al que llamaron sabio… In medio virtus, que tan mal se interpreta, lo afirmaba el no menos espabilado de Aristóteles y viene a ser lo mismo que lo antedicho.

Los memoriones, quienes han vivido mucho, se acuerdan de que la Navidad tiene un trasfondo pagano que nada tiene que ver con Cristo. Les conviene ser beligerantes contra quien, para ellos, no existe, y contra la religión que les importa un bledo, pero contra la que no paran de batallar. Esos memoriones y sus corifeos luchan contra su memoria y contra la nada y se afanan por  convertirnos al dogma de la quimera y el simulacro. El Dios contra el que luchan sin creer en su existencia les dé la paz que no tienen y anhelan, la felicidad que buscan y no hallan.

La Navidad… entre todos, con efusión de gozo, a base de buenas intenciones, abusando de esa actitud que la RAE admite que denominemos buenismo…  se ha convertido en una  melcocha de naderías: hemos dejando que las raposas entren en la viña, que se coman unas uvas, ¡pobrecitas!, que se coman un racimo, ¡tienen tanta hambre!, que no vamos a ser como los demás…, etc. y han terminado por diezmar la viña y convertir la fiesta, el nacimiento de Dios hecho Hombre, ¡eso es lo que se festejaba!, en concursos de belenes y villancicos, en un limosneo de cenas para indigentes, en un hartazgo hasta el vómito de epulones, en belencitos con muñequillos irreverentes la mar de simpáticos y repelentes por su mal gusto… ¿¡y qué importa!? Por la mano se llevaron las uvas, los racimos, la viña, al viñador ¡y al sursuncorda! entre nuestras bromas y nuestras risotadas… y nuestra indiferencia, nuestra ignorancia, una acedia que da bascas, una solidaridad que en nada se concreta, la abulia… y el consumismo nos devolvió al principio… Una fiesta pagana donde demostrar amor es gastar dinero y regalar, donde amarnos los unos a los otros se transforma en hartazgos de besugos, cigalas, imbéciles y demás peces de este mar narcotizado, la mar de rico en vaciedad…


DE NADA DEMASIADO… Sí, hemos banalizado el hecho más trascendente de la historia de la Humanidad…: que un día un niño como los demás era el Niño Dios, que ese Niño junto a una muchacha virgen, su Madre y la mía, que es la Virgen, junto a un hombretón recio, san José, mi padre y señor, dieron su ser todo en su humilde pobreza para que yo hoy pueda desearles solo, solo esto, que escuchen, si saben, si pueden, al Niño y se alejen del ruido: músicas, risotadas… donde posiblemente no esté Dios ni los pastores susurrando por lo bajo para no despertar al Niño que todo lo sabe, que todo lo puede… Que él nos bendiga.

20 de diciembre de 2017

Chesterton, G. K.: EL REGRESO DE DON QUIJOTE

                                                   
               

                                                          A don Rafael Ballesteros.

Si el texto de Chesterton que he leído fuera de un alumno mío le diría que carece de una estructura clara, que existen elipsis que no se justifican en el argumento, que el tempo narrativo es disarmónico… Que los personajes no están bien delineados, que se sostienen en pie a duras penas… Los espacios novelescos, apenas descritos, parecen mala carpintería de teatro ambulante. Todo ello podría llevar a la conclusión de que la obra no me ha gustado, pero esta conclusión sería errónea. Es cierto que la obra se desarrolla en medio de un cierto caos por lo ya dicho -en algún momento he pensado que fuera la traducción-, pero creo que, dicho todo ello, Chesterton lleva al lector por los caminos que quiso. El inglés publicó esta obra en 1927 cuando ya tenía larga experiencia como novelista y, por supuesto, como escritor y había probado sobradamente sus capacidades… ¿Por qué entonces tengo esta más que impresión que me surge tras la lectura de la novela? La explicación es simple: nada de todo cuanto en la novela flojea, a mi juicio, tenía interés para su autor en esta obra. Luego… ¡luego lo que le interesaba es aquello que podríamos llamar el contenido, el argumento…! El libro, según averiguo, estuvo un tiempo sin editar tras llevar tiempo escrito. Es por ello que la obra se la dedica al valiente editor que le dio luz y en la dedicatoria que le hizo al editor, opino, se confirma mi tesis: “Mi querido Titterton, esta parábola dirigida a los reformadores sociales fue pensada y escrita, en parte, mucho antes de la guerra, por lo que con respecto a ciertas cosas, desde el fascismo a las danzas negras, carecía por completo de una intención profética”.

En el fondo para Chesterton como para todos aquellos que amamos a don Quijote lo que nos asombra es que, loco o cuerdo, Alonso Quijano el Bueno, es coherente. Eso que se llama unidad de vida se da al milímetro en don Quijote quien se lanza al mundo movido por una idea del bien. El caballero Chesterton no puede dejar de admirar a alguien que es consecuente con aquello que piense, aunque le vaya la vida en ello. Podremos reír o llorar ante lo que piensa y hace don Quijote, podremos ponernos de parte de Sancho, pero siempre nos gustaría tener el arrojo y la falta de respetos humanos para hacer aquello que creemos lo mejor… Esto entiendo es lo que le interesa al inglés de nuestro antepasado, el universal don Alonso Quijano.
Será la coherencia la que lleve a Chesterton a conducirnos por unos vericuetos en los que la lógica se imponga y así, de un juego -¡qué serios son los juegos!- nos lleva al extremo donde todos quedan boquiabiertos: reaccionarios y progresistas se ven retratados, y atrapados, en la lógica de este inglés guasón y divertido que, como si tal cosa, demuestra que los nobles no son tales y que los progresistas atan las mismas berzas con idénticos espartillos. Al final, sobre berzas, pepinos, melones… de esa huerta siempre cabalgará el idealismo de don Quijote y de quienes, como él, son capaces de jugarse la vida al tablero, capaces de exponerse al ridículo, a las risas, a las burlas.

Necesitaría de un tiempo del que no dispongo para saber cuál fue el último libro que leí de Chesterton y cuándo: posiblemente El candor del Padre Brown y hará más de treinta años…, porque más recientemente leí una biografía sobre él de la que di cuenta en este blog…, que consulto ¡¡y rectifico!! El último libro que he leído de Chesterton… fue La sabiduría del padre Brown en agosto de 2012 (https://antoniojosealcalavique.blogspot.com.es/2012/08/la-sabiduria-del-padre-brown-gk.html).

Cierro con otra sorpresa que no vi nunca antes. Nunca hubiera pensado en el parentesco novelístico-creativo entre Ramón (Gómez de la Serna, ¡no hay otro Ramón!) y Chesterton… Leyendo este libro me acuerdo de Piso bajo, de El incongruente, de La mujer de ámbar… o de La quinta de Palmira… De El circo y El rastro… Me da la impresión de estos dos autores llevan al lector al trote si no al galope. Leyendo una crítica de Sabater sobre Chesterton comparto su “No es extraño que de vez en cuando tengamos que descansar…” y con Ramón sucede otro tanto. Sin duda es más discursivo el londinense que el madrileño… Las cabalgadas de Ramón pueden ser ciertamente incongruentes, ilógicas, irracionales, pero esas escapadas de la línea argumental de la obra sí pueden ser comunes a las de Chesterton…


Otro día… más Chesterton.