7 de mayo de 2017

Sánchez Gascón, Alonso: LOS MAQUIS QUE NUNCA EXISTIERON

  Decir adolescencia es decir romanticismo e inmadurez, anhelos incoherentes…, cohetería, mucha pólvora y poco plomo. En fin… Juventud que te vas para no volver, gracias a Dios: ¡que allí te puedes quedar! En aquellos años en que leí de forma irracional, compulsiva, a discreción y mansalva…, entre los muchos libros que Dios sabe por qué leí, me trepé un tocho de casi 500 páginas sobre los maquis, escrito por un teniente coronel y de portada rojiza y gris… ¡de eso me acordaba perfectamente!, que ahora aquí reaparece: El maquis en sus documentos, Francisco Aguado Sánchez; el libro debía estar recién salido entonces. También me llamaron la atención de aquel libro las fotos de esos maquis, muchos de ellos cadáveres… Y recuerdo perfectamente lo que me contó mi padre al respecto, pues coincidió en el lugar y el tiempo en que “los de la sierra”… andaban por la Centenera: alguna anécdota con Quilino, el guarda -quien es citado de refilón en el libro que comento-, y… ¡qué de aventuras, qué valientes!
    Que me perdone el lector, que ciertamente es pereza intelectual, pero años después leí algunos libros de los autores aquí citados, entre ellos, de dos de los autores contra quienes se escribe Sánchez Gascón: Sánchez Tostado y Moreno Gómez. Ya en su momento, lejos de las fiebres aventureras de la adolescencia, cuando leí a estos dos señores, comprendí lo lejos que estaban de la verdad, pues me parecía que en sus textos sobraban adjetivos laudatorios para quienes, en puridad, no pasaron de ser unos delincuentes, y unos pobres desgraciados que se dedicaron, con más o menos fortuna, a hacer más desgraciados a quienes ya de por sí la vida había puesto en un difícil brete: pastores serranos, cortijeros, labradores de medio pelo...
   Conocí al autor de la obra que comento en una situación que nada tenía que ver con los maquis ni con la historia, sino con la caza y el Derecho. Creo que ser simpático y tonto es imposible: el tonto, el simplón, cae más bien del lado del gracioso, y Sánchez Gascón me pareció una persona inteligente y simpática. Por eso, y aconsejado por mi amigo Francisco Revueltas, escritor, cazador y guarda de caza, me puse a leer esta obra de la que me dio noticias. Quería recuperar algo de lo que en mi adolescencia disfruté y me atraía, porque sabía que saldrían fincas por mí conocidas -fincas que fueron de mi familia- en este libro… y… El resumen, hecha la raya, podría ser el siguiente:

1.       Sánchez Gascón ha dedicado una cantidad de esfuerzo, de tiempo, de dinero, seguro, para demostrar lo evidente: que los maquis no fueron luchadores por la libertad, ni luchadores por la República, ni demócratas… ni toda esa sarta de necedades de señorita catequista de izquierdas con la panza llena que han defendido, probablemente, porque de algo hay que intentar comer (y la sangre siempre alimentó mucho). Los maquis, esos pobres desgraciados, insisto eran, muchos de ellos auténticos asesinos condenados por la justicia antes de echarse al monte. Alguien podría pensar, don Alonso, que para ese viaje no se necesitaban alforjas… y es cierto, pero no lo es menos que lo escrito por Sánchez Gascón pone de manifiesto que corren malos tiempos cuando hay que demostrar lo evidente (me consta, por familiares directos, de algunos de esos supuestos “defensores de la República”, que sus antepasados eran “unos criminales”, como me dijo uno).
2.       El libro me parece reiterativo, pesado en algunos pasajes donde se repite lo mismo… quizá por lo dicho arriba: “pa que se enteren de una puta vez”, se machaca sobre lo ya escrito y demostrado, se sobreponen ideas y pasajes y se hace, por ratos, farragosa la lectura…
3.       Para quienes no sepan nada de lo que aquí se trata, de los maquis, sin novelerías, bien pueden leer el libro de Sánchez Gascón porque, sin duda, sabe de qué habla y lo hace con pruebas y documentación que se me antojan irrefutables.

   Las coletillas y las ironías que emplea el autor, deben ser bien ácidas para los autores a quienes se las dedica, cierto que reiterativas, pero simpáticas sin duda alguna para el lector en muchas ocasiones: ciertamente quitarle a alguien un reloj de oro, como sucedió, no es requisa ni expropiación ni decomiso del Estado en defensa de la República, sino simple y llanamente un robo.

   Al final esta lectura me deja un poso de tristeza. No sé cómo, una vez tras otra, vuelvo por las veredas que me llevan a una España enfrentada, a una España que no perdona, a una España que se masacró en una guerra civil…, que me dan bascas volver a ella, una guerra civil donde aún no se ha puesto coto a los desmanes, una guerra donde aún hoy se insiste en el “y tú más”… ¿Cuánto ha de pasar para terminar con esto? Supongo que hasta que no haya la suficiente distancia como para que haya la claridad que nos lleve a la verdad…, pero aquí seguirán las banderías de la opinión…, las veleidades de las vísceras salpimentadas con odio… Y como dijo el Bisa, el personaje inolvidable de Las guerras de nuestros antepasados de Delibes, y cito de memoria: mientras los hombres tengas huevos, habrá guerras. Ha dicho, y dicho sin perdón.

1 de mayo de 2017

Abril, Juan Carlos: PIEDRAS LUNARES. HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

     La inmensa mayoría de los libros que componen una biblioteca privada genuina son libros adquiridos más a conciencia que sin ella. Luego, ciertamente, siempre hay un tanto por ciento de ellos que recomendados se establecen; otros se cuelan por las bardas del corral y así, entre estos, hallo el libro que ahora comento: no sé cómo llegó hasta mi casa (lo debieron regalar a los compañeros en algún acto cultural de alcance y me rebotó, Dios sabe dónde y cómo).
    El libro está compuesto por una nota del editor y cuatro artículos de variable extensión, más breves que extensos, sobre Miguel Hernández. Del editor sé que es de un pueblo cercano a Jaén y que escribe poesía: nunca le había leído nada antes, y me temo que entró con mala fortuna y peor pie en casa.
    En la introducción, el editor, se pasó de fastuoso. La publicación del folleto por la Diputación hace verdad, me temo, aquello de no morder la mano del amo que te da de comer y Abril está dispuesto a darlo todo: Andaluces de Jaén es un poema universal, escuchar a Paco Ibáñez en los 80 (¡con el PSOE en el poder!) era un acto de rebeldía y el asesinato de Lorca y la muerte de Hernández unos “iconos de la injusticia franquista”, etc.: sin duda nuestro hombre se ha venido definitivamente arriba y ya va por los altísimos andamios ilusorios de la ilusión que no de la flores, ha perdido pie, y por ahí, de hipérbole en desmesura, da de bruces en lo ridículo risible. Hace unas semanas di un paseíto por Jaén visitando espacios por los que anduvo Hernández y también pude escuchar afirmaciones más que matizables, emparentadas con las aquí leídas. Las mismas fuentes, las mismas verdades a medias, lo ridículo absurdo…              
     Tras la “Nota del editor” halla el lector un digno ejercicio escolar que cubre con creces la meta del folleto y así, el profesor Díez de Revenga, nos hace un recorrido resumido y llano de la biografía de quien para mí -desde que hace muchas décadas oí de él- fue un pobre hombre, un buen hombre y un buen poeta… a libros y a ratos: ni un intelectual marxista ni un cabrero.
      Más trabajado y sin novedad, que nadie espera ya a estas alturas, Rei Berroa, nos ayuda a comprender el salto que Miguel da en su concepción del mundo y del hombre: desde la provinciana y católica Orihuela -ñoña y pacata- a la esplendorosa conciencia de clase que descubre en un Madrid de comunistas, más o menos señoritos, como Neruda, Alberti y algún amigo más del vagón de cola del 27. ¡Qué gran epopeya en bien de la humanidad aquella revolución de Asturias del 34! ¡Qué gran hombre en pro de la libertad y la justicia Largo Caballero! Y por supuesto, como escribe el profesor Berroa, de aquel “Drama del monte y sus jornaleros [refiérese a Los hijos de la piedra], en el cual el pastor -hombre pacífico más que nadie, y que no es sino un trasunto hernandino-…” (p. 36). Y no puedo evitar la sonrisa pues nunca hubiera aseverado esto  el profesor Berroa de haber estudiado en la Enciclopedia de Álvarez, bajo el férreo y torturador brazo fascista del franquismo asesino, pues hubiera aprendido aquello de “Viriato fue un célebre pastor lusitano…” ¡que menudo pacífico pastor! Sepa Dios, pero al decir, ya digo de los señoritos de entonces -que ya se ve, hoy son otros- el pastor inventó aquello de la guerra de guerrillas y les armó la de Dios es Cristo a los romanos, pero a saber: igual era una mentirijilla fascista. O a lo peor es que hay pastores que los carga el diablo, como las escopetas, y ya se sabe… los disparan siempre los mismos: los gilipollas.
      El artículo del profesor Salas, por equilibrado y claro, por su sereno análisis de los tres meses que Hernández pasara en Jaén, ha sido de mi gusto. Los olivares y las gentes de Jaén, el olivo como símbolo, es atractivo para el levantino como lo fue en su momento para el sevillano Machado. Agradable el paseo por su artículo.
     Igualmente el artículo del poeta-profesor, Luis García Montero, me resultó amable. No me extrañó su división maniquea entre derecha e izquierda en algún comentario, que bien pudo ahorrarse, pues poco añadía a lo pretendido. Quienes escribimos sabemos que la contención es lujosa. Buen artículo, más allá de la faena de aliño: sincero, claro, desmitificador, ajustado.
     Uno, que Dios lo libra, no es especialista en nada, y menos aún en Hernández a quien ha leído con empeño y comentado muchas veces, y es por ello que me atrevo a sumarme a lo escrito por García Montero: “Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas” (p. 58). Con su cara de patata, como él mismo decía, y su vestir rústico entre señoritos (Lorca, Alberti, Neruda, Aleixandre…) da la sensación de que Miguel es un brazo robado al campo que a la poesía se dedica, pero Hernández no es un cualquiera. Hernández es un poeta de vibrante garra poética, donde el dolor y el sufrimiento son abismales, como tan inefable es la alegría y la delectación ante el vivir. Persona de corazón rebosante de anhelos felices, de entrega, de amor… Todo ello dará, insisto, algún libro feliz y muchos poemas inolvidables, pero no tuvo suerte. También coincido en esto con García Montero. Creo que, sobre todo, no tuvo suerte con el momento de su vivir y no anduvo prudente en la elección de quienes fueron muchos de sus compañeros de camino (por ejemplo el asesino Vittorio Vitale y su compañera Tina Modotti).

     El folleto de Abril arranca del Hernández que pasó por Jaén. Ignoro si cuando llega ya estaba Herrera Petere en Jaén, creo que sí. Miguel se va a vivir a un palacio de unos marqueses en la calle Llana. Es que mucha la afición de los pobres a vivir en palacios decomisados a sus dueños, sin pagar alquiler y con derecho a llevarse lo que quisieran (otro tanto hizo Alberti en Madrid), aunque mucho me temo, compañeros, nada tenía que ver esto con la defensa de la República, y sí está, sin embargo, más cerca de los derechos de pernada, el robo, la codicia y esos pecadillos tan humanos. Preocupados por las injustas situaciones de sus hermanos, los jornaleros del campo y los luchadores del frente, se ocupaban ellos mientras en escribir versos en casa de la señora marquesa. Por esas fechas, en Jaén, vecino de esa misma calle, el escritor jaenero Antonio Alcalá Venceslada no podía asistir a las amables tertulias de café y poetas en la decomisada casa de la señora marquesa porque estaba en la cárcel con su esposa, sin acusación y sin esperanza de juicio. Y es que lo marqués no quita lo valiente, compañero del alma..., compañero. 

3 de abril de 2017

Michon, Pierre: MITOLOGÍAS DE INVIERNO. EL EMPERADOR DE OCCIDENTE.


                                Con agradecimiento a Juan Manuel Espinosa Wilhelmi.

  Cuando ingreso por orografías literarias extrañas, otras literaturas, otros autores, otros textos…, otras voces, otros ámbitos, espacios por donde nunca anduve, me muevo con la cautela y la desconfianza de un comanche en el territorio del hombre blanco. Todo me sobresalta, todo me llama la atención como al cachorro de perro; llevo la intriga en la retina y no termino de confiarme. Me gusta transitar por los autores que sitúo, por los libros que contextualizo, por los paisajes conocidos: el anancasticismo es así por defecto y la vida me enseñó que no toda sorpresa es amable y de agradecer.
    Me regala el libro mi amigo Juan Manuel Espinosa Wilhelmi… e ignoro todo sobre su autor. Nada sé de Michon. Me interno agachado por los vericuetos de Internet y le saco el perfil al francés y a su obra en su conjunto, que no al libro objeto de mi lectura; me niego. Con Francia, es una sensación, hemos vivido a cara de perro y, de un tiempo a esta parte, nos odiamos cordialmente. Con Portugal no es que hayamos vivido de espaldas, es que simplemente, los españoles no saben situarlo en el mapa o creemos que es un pedazo de Extremadura que da al mar: ni puñetero caso (dígame cinco nombres de escritores portugueses más o menos contemporáneos que haya leído en su vida. Hago memoria y esfuerzo y no salgo de dos… ¡pues estamos bien!: lo dicho, no de espaldas, ¡vivimos de culo!).
     Es leer a Michon en este texto tener la sensación de un paseo por jardín amable, abundoso en rinconcitos recogidos y recoletos. Es un paseo recreativo de incierto destino. El agua fluye por fuentes y acequias, los cas corren y se ocultan entre arbustos que dan distintos verdes según colabora el sol. Hay algo de cierto romanticismo, que no es, pero se filtra juguetón entre las oraciones y el léxico. La magia que generan estos textos da lugar a espacios muy ajenos a mí. El estilo es rico en sugerencias calculadas, donde lo significado sobreabunda y vive justo ahí, en lo callado. Así el tiempo vívido junto al mar, por ejemplo, se torna azul verdoso. La turgente sensualidad de las palabras es cautivadora… El relato del autor, la anécdota que cuenta, llega al lector, no como las olas del mar, sino como el agua del embalse que se arrima a la ribera: lenta, despacio, aterciopelada, sin el exabrupto… de las olas del mar, van y vienen como si tal cosa, parecidas, sin empujar nada, sin afanes para después.
     (Quienes por ignorancia, rabia o agnosticismo escriben en vano el nombre de Dios con minúscula, siento siempre la misma lástima que sentiría al ver que alguien se ahoga en sus propias heces sin remedio. ¿Tiene sentido a estas alturas retornar a los dioses? El Dios de los cristianos, Alá el Dios de los musulmanes, Yahveh que sigue siendo esa deidad única, en este caso para los judíos, que merece, por unos y otros, por sí propio, ser escrito con mayúscula. No hacerlo es conculcar no solo las reglas de ortografía española al uso, sino la cortesía y el respeto más elementales, y hacer alarde de necedad. Quien la lleva lo sabe). No es el caso de Michon que con suma delicadeza, también es de agradecer, escribe el nombre del Padre con mayúscula, así como el del Hijo y del Espíritu Santo.
      Este libro ha sido un paseo amable… Todo notas de expresiones de una belleza impar y así del estilo anoto que tiene cierta cualidad de agua que mana de la fuente, una equívoca coherencia en la sucesión de oraciones o proposiciones, sorprendentes adjetivos que hace amistad con sustantivos alejados de su significado y que asombran al lector y embellecen el texto, sin cursilería. La prosa tiene una cadencia dulce, sinuosa como los suaves meandros de un río en valle sin declives pronunciados; las oraciones van y vienen sin buscar con decisión el mar. La prosa se estanca, dormita, avanza en retrocesos continuos donde la siguiente tabla de agua, la siguiente línea, en la próxima proposición, se despereza en un adjetivo de sutileza simpática… Vamos sin destino fijo, sin sentido, pero avanzamos. “y Dios, rey de este mundo y el otro, que puede contar con su espada para convencer a los sectarios del monje Pelagio, que niegan la Gracia, que la Gracia fulminante pesa su peso de hierro” (p. 39).

       Y termino mi paseo. Compruebo los nombres, los datos, las fechas, algunos entre unos y otros, y veo que cuanto cuenta Michon tiene un fondo próximo a la verdad histórica, a las leyendas recogidas en libros y textos solventes. Podría pensarse que el autor inventó y lo hará en el modo de contar lo que desea. Él lo cuenta a su manera y yo lo leo agradecido a la mía. 

30 de marzo de 2017

SAFRANSKI, RÜDIGER: Un maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo



             Es arduo sintetizar el comentario de un libro en el espacio que me impongo: una página de un folio. Entiendo que cuando excedo esa medida, el lector -que no sé quién es, dicho sea de paso- puede rehusar ante la extensión, se puede hastiar antes de entrar: dicen los sabios de la cosa que: por Internet se viene más bien de paseo que de visita, se va a husmear, echar un vicheo, fisgonear. En este caso quiero abordar un libro denso en su contenido, de mucho renglón por página y más de quinientas el volumen…
            Los libros, ya lo he dicho, salen al paso. Se hacen conscientes en el lector de pronto y este los coge con ilusión o los rechaza sin tener una cabal idea de la causa. Ya olvidé por qué empecé este libro de Safranski, que me ha gustado. Me ha parecido denso y complejo a ratos, pero accesible al aficionado bisoño a la Filosofía en general.
           El primero que habló de existencialismo en el sentido en que lo harán Jaspers, Bergson, Heidegger, Sartre, Marcel, etc., y en sentido general entre ellos, fue el viejo Schelling… y Kierkegaard tras él… y cursó el concepto por Nietzsche, hasta Scheler, Jaspers y Heidegger.
                El giro filosófico de Heidegger en los años veinte consiste en obviar los grandes sistemas filosóficos anteriores (el de Hegel, por ejemplo), centrados en realidades solo del interés de la filosofía académica y alejados del hombre corriente. Será a partir de Ser y tiempo cuando el filósofo alemán no dejará de buscar el encuentro entre la filosofía y el hombre y su actividad: «No describir la conciencia del hombre, sino conjurar la existencia (Dasein) en el hombre».
           Por lo que se refiere al sentido del ser (no de la expresión), podemos decir que es la cuestión que atrajo persistentemente la reflexión humana desde los comienzos históricos hasta hoy. Es la pregunta por el sentido, el fin y la significación de la vida humana y de la naturaleza, esas preguntas que Jaspers llama “del límite”. Es la pregunta por los valores y orientaciones de la vida, el porqué y para qué del mundo, del cosmos, del universo. La vida moral práctica hace al hombre preguntarse por todo eso. En tiempos anteriores, cuando física, metafísica y teología constituían todavía una unidad, también la ciencia había intentado responder a la pregunta por el sentido. Ahora bien, desde que Kant falló que nosotros, como seres morales, ciertamente hemos de plantear la pregunta del sentido, pero como científicos no podemos responderla, las ciencias estrictas se abstienen de esta cuestión. No obstante, la vida moral práctica sigue planteándola, y lo hace cada día, en la propaganda, en la poesía, en la reflexión moral, en la religión. ¿Cómo puede afirmar Heidegger que ya no hay ninguna comprensión de esta pregunta? El pensador alemán afirma que las preguntas correspondientes por el sentido, pasan de largo ante el «sentido del ser», y él retorna a Platón con el afán de redescubrir lo olvidado y escondido desde los días del griego que habló de la cueva y los esclavos.
         El lector que busque en esta obra una biografía personal de Heidegger hallará retazos: este no es su libro sin duda, pues más es un estudio biográfico a la sombra de su pensamiento. Hay pasajes esclarecedores de su relación con Hannah Arendt, por ejemplo, y de la relación de esta, en cuanto amante que fue del filósofo, con la mujer de él, Elfride Petri, esta nazi y antijudía, y aquella judía, antinazi. La relación con Jaspers, problemática, esquinada, con altibajos y con un final que el silencio cubre. La relación con Sartre (otro pichón del pensamiento y sus intereses particulares, ¡qué poco sabía de palomos quien así lo llamó!). 
         Párrafo aparte merece la relación de Heidegger con el nazismo. La inteligencia nos justifica a cada uno cada día para poder seguir respirando y mirarnos al espejo. Heidegger fue un nazi convencido durante un tiempo y un nazi por interés. El nazismo venía a ser para él una nueva aurora tras un modernismo desolador. Ni el neokantismo idealista ni la fenomenología de distintas índoles solucionaban nada en la acción. Frente a estos movimientos la realidad histórica sale al encuentro del hombre y lo zarandea y lo interroga y es justo ahí donde cobra sentido esa nueva filosofía que defiende Martin Heidegger. Cierto que su esposa perteneció antes que él al partido nazi, es cierto que ella fue antijudía, es cierto que Heidegger auxilió a algunos judíos, mas con cierta tibieza, que posiblemente no fuera antijudío, pero sí le interesaba alcanzar puestos que le habían ofrecido en el nuevo Estado nazi: él se imaginaba como gran rector de la Universidad alemana, director de las líneas de pensamiento, quehacer, investigación, etc. en la Universidad…; pero el nazismo le dio la espalda porque de bien poco servía al nuevo régimen un filósofo que levantaba sospechas de tibieza en los cometidos que el partido esperaba de él. Pronto, además, las ideas que tenía Hitler y lo que de ellas se desprendían, las ejecutaban los hombres de ciencia, los empresarios y los militares, que son quienes pusieron en marcha la infernal máquina de destrucción de todo cuanto les resultaba innecesario para la implantación de la Gleichschaltung (palabra que describe el proceso por el que la Alemania nazi estableció un sistema de control totalitario sobre el individuo y una coordinación de todos los aspectos de la sociedad y el comercio).

         Insisto el libro para el filósofo aficionado, para el lector curioso, ha sido suficiente, cierto que árido y oscuro a veces, pero llevadero, amable, inteligente, por norma. Me ha merecido la pena. He aprendido, y me ha animado a buscar por otro derroteros que ya saldrán en futuras lecturas, mediante Dios.

14 de marzo de 2017

277-CHARLIE-SALIDA- Y de júbilo grita el jubilado.

Adiós, buen viaje... 

                                          A don Enrique Vílchez Sánchez.

            Mi querido charlie:

      Te repito la vieja anécdota de Borges. La he contado tantas veces que ya no sé si ocurrió exactamente como la refiero, pero así la recuerdo. Le hacían al escritor, ya ciego, una entrevista y le hablaban de su muerte, no sé si del temor a ella, de cómo le gustaría morir, etc. y Borges contestó que lo único que pedía era morir en España porque “en España es donde mejor entierran”. La convicción de Borges entronca directamente con ese defecto tan español, especialmente señalado por Unamuno, como es la envidia. El pecado capital por excelencia de los españoles, decían y dicen, es ese: la envidia…, y esta solo cesa y deja descansar al envidioso cuando muere el envidiado: ¡gloria, loa, enaltecimiento, aclamación y elogio para quien muerto ya no hace sombra! ¡Qué paz trae la muerte del envidiado al envidioso! Ambos descansan en paz y es por ello que enterramos en España qué da gloria vernos…
     Pues no es el caso… Con la seguridad que me dan los diccionarios -que no siempre Internet, a veces tan marrullero-, me asesoro para pisar voquibles que no me enchortalen. El verbo ‘jubilar’, pronominal e intransitivo, según Corominas y Pascual (por vía de Julio Cejador, que nos lleva a Nebrija), nos indica que jubilar aparece primeramente en el sentido secundario de ‘alcanzar la jubilación’: «jubilado, suelto de trabajo: emeritus; jubilar, suelto ser assíy» (Nebr.), es decir: no se trata tanto de su primera acepción del verbo latino iubilāre,  ‘lanzar gritos de júbilo’, si bien camino de eso voy. Por influencia de  jubileo, festividad celebrada cada 50 años, los mismos tras lo que se concedía antiguamente la jubilación. Resumiendo: que a los 50 años no sé si de declaraciones al  fisco, Ministerio de Hacienda de la época, entiendo, de los Reyes Católicos, se jubilaban los parias o con cumplir 50 ya se podía dar de mano… (¿alguien que lo aclare? A lo mejor el mismo don Enrique Vílchez). No les quepa duda de que fuera como fuese 50 años de la época debían ser un renglón a tener en cuenta.
        Cuando veas las barbas de tu vecino… y eso ha ocurrido con mi colega y, sin embargo, compañero y amigo Enrique Vílchez Sánchez… que se ha repelado las barbas y se ha jubilado. Por no estar presente en ese momento, cosas de la cirugía, no sé si dio gritos o no de alegría. Sé que se largó. Que se fue como tantos otros educadores y enseñantes he visto irse. Sacudirse los zapatos a la puerta del Centro, y no volver la mirada atrás, eso lo sé de largo.
        Si yo fuera encargado mínimo de responsabilidad en el ramo, en la enseñanza primaria y secundaria (de lo que Dios me libra), más allá de la provincia, más allá de los comisarios, me preguntaría que tiene mi área, mi servicio, la educación, que todo aquel que cumple los 60 años coge la de Villa Diego y toma por la tiesa y, sin volver la vista atrás, ¡ni se despide! ¿Qué tiene mi empresa, mi negocio, mi servicio que nadie quiere permanecer en él? Personas válidas para enseñar y educar, con plenas capacidades físicas, mentales e intelectuales, con prestigio, con empeño en su profesión y oficio durante años, con interés, con conocimiento sobradamente demostrado de su materia… ¡se largan en el minuto cero tras cumplir los 60 años! Los chicos jóvenes emigran al extranjero porque no hallan trabajo, capital humano perdido, gente con cierta formación, ¡pero en formación!…, pero ¿y estos profesores ya formados, capaces, habiendo demostrado sus cualidades, sus talentos, su competencia…, por qué no se les incentiva, por qué no se quieren quedar, por qué huyen como alma santa que vio al diablo o como el diablo huye  del agua bendita?
        Solo permanecen en el puesto aquellos que cobran mucho más en activo que jubilados. El motivo es económico y laboral: por sus cargos y encargos dan pocas horas de clase y cobran mucho. ¿Por qué no se jubilan los profesores universitarios a los 60 años -si es que pudieren que no lo sé-? ¿Por qué directores de centros de primaria y secundaria no se jubilan a los 60? No me digan que es por amor a la educación, a la materia que imparten… y al bien común y a esa entidad llamada Humanidad o gente, que me derrito en la melcocha. Dejemos el traje de luces del cinismo para otras parroquias.
       Es una lástima que mi amigo Enrique Vílchez se haya jubilado hace unos días y en él hago modelo de otros muchos, mucho antes… que se fueron, muchos que se irán sin que nadie se apene ni mueva un músculo por no perder esos tesoros de profesores, esos auténticos capitales. Cierto que algunos, como don Guido y el  maestro Ciruela, bien idos están y otros, que aún quedan, tanta paz se lleven como dejan, pero ¡¡el buen profesor, el que sabe educar, enseñar, ocuparse, preocuparse…!!: ¡una lástima que se vaya a ese país, llamado Jubilandia, del que, segurísimo, nunca volverá!

       Buen viaje.


       Tucho Castelo.